Anteanoche llegamos a casa a las tantas de la mañana. Desde el viernes, habíamos tomado el avión ida y vuelta, autobús Calama-San Pedro de Atacama, y una vez allí; desplazamientos en coche a los diferentes lugares.
El primer día, sábado por la mañana, alquilamos unas bicis y nos fuimos a pasear por el pueblo y los alrededores. A mis queridos Rafa, Curro y Serji, que aman tanto las bicis, les hubiera encantado el lugar. Era todo caminos y senderos y te daban unas bicis de montaña para que te fueras lo más lejos que te dejaran las piernas. A nosotros no nos dejaron alejarnos mucho. Era todo tierra, todo el paisaje en tonos marrones. Montañas y volcanes de todo tipo rodeaban el lugar. Como Vanessa no se lleva muy bien con las bicis individuales, ella y Dimitris fueron en una doble. Hicieron un esfuerzo enorme, no es nada fácil marchar en esas bicis. Pero nos lo pasamos tan bien mirándolos, y la gente de alrededor también... Y si, me caí una vez, para seguir siendo fiel a mi persona.
Esa mañana vimos una cueva y un antiguo poblado.. Quitor. A Migue le hubiera encantado. Había cuevas, minerales, tierras con marcas de años ancestrales... cosas que no entendía pero me causaban respeto igual. Por la tarde contratamos dos excursiones. A los Valles de la Luna y de la Muerte. A un rato en coche desde San Pedro, nos llevaron a un grupito en furgoneta hasta los lugares. Los valles, rodeados de volcanes (algunos en activo) y montañas desérticas, nos dejaron boquiabiertos.
Había dunas de arena, accidentes geográficos inexplicables, con valles y montañas, puntas rocosas, grietas, mini cerros.... A mi me parecía que nos habían llevado a la Luna.
De hecho, el Valle de la Luna se llama así porque quién lo descubrió pensó que aquello era igual que la cara no-oculta de la luna. Cráteres, mares de sal, tierra, montañas de mil colores diferentes... el espectáculo de luces y colores comenzó cuando empezaba a anochecer. Es una de las imágenes más bellas que mis ojos han visto nunca.
Al día siguiente, a las 4 de la mañna, vino de nuevo un coche a buscarnos. Subimos a 4500 metros y -10 grados de temperatura, para ver amanecer en los Geiser del Tatio. Unos acuíferos dentro de la Tierra que al amanecer, debido a la tierra volcánica en la que se encuentran, echan fumerales de vapor al aire. Y la visión es un suelo que echa humo por unos mini cráteres, y todo el ambiente es una neblina mientras el Sol intenta salir. PEro yo solo recuerdo mis pies y manos congelados. Mascábamos hojas de coca para no tener mal de alturas. Yo lo que tenía era un frío que no me dejaba pensar en otras cosas.
De los Geiser fuimos a unas termas naturales de agua caliente. Donde los valientes, nos dimos un baño. Afuera a -10, dentro a 25 o 30 grados. El agua salía caliente ardiendo de un hueco, y a medida que te alejabas en aquella piscina improvisada, se iba haciendo más fría. Nos dimos un baño en un agua turbia, con las montañas acechando a nuestro alrededor, la neblina de la mañana, y un suelo amarillo debido a una vegetación extraña que allí crecía. Además, pasaban las llamas, los zorros y las vicuñas. Ese día también vimos un pueblito y una laguna llena de microorganismos de los que estudia Erika, que se lo gozó haciendo fotos a todas partes.
Esa tarde decidimos descansar, aunque yo estudié porque ayer tenía examen, igual que Erika. (Me salió bien, no sufrir). Después de descansar y estudiar, me arrastré a la cama para levantarme de nuevo a las 7 a hacer la última y casi más espectacular excursión. Fuimos a unas lagunas altiplánicas y a la charca de Chaxa, rodeada por un salar y llena de flamencos rosados. Las lagunas altiplánicas son la expresión gráfica de la palabra sublime. Dos lagos enormes, rodeados de montañas, de mil colores y con animales extraños. El suelo eran plantas pequeñas amarillas que le daban un toque más inesperado al paisaje. Un espectáculo para los sentidos, de verdad. No exagero.
Aquella tarde, al llegar, bus-taxi-avión y a Santiago. A pesar de que San Pedro es ahora un lugar 90% turístico, y vive por y para los guiris, aunque parte de la esencia se haya perdido, aunque me haya gastado dinero que no tengo... he visto cosas que nunca me hubiera imaginado. Ignorancia bendita.
Si me quedo con un momento, la noche en que a las 5 de la mañana nos detuvimos en un lugar de la carretera sin luces a mirar hacia arriba. A 3000 metros de altura, la Luna estaba poderosa y más grande que nunca, las millones de estrellas brillando como luceros y ahí, poderosa, la vía láctea se veía como si estuviera en un planetario. Me sentí tan pequeña y tan insignificante, que aún me pongo de piel de gallina cuando lo pienso.
Voy a comer arroz blanco el resto de semanas, porque no hay plata pa' comer. Pero cuando mire el arroz soso y rancio y me acuerde del viaje, sonreiré y comeré a gusto y feliz recordando por qué como arroz y no carne. Valdrá la pena.
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