Ya hemos vuelto de la perfecta isla de Chiloé, al Sur (no tan Sur), de Chile. Y solo diré una conclusión: el género humano tiene remedio. Los chilotas lo saben.
Comenzamos las tres la aventura con muchos interrogantes y mucha ilusión. Tras catorce horas de autobús desde Santiago a Puerto Montt llegamos a esta ciudad, y desde aquí al puerto de Pargua, inicio del viaje y desde donde salen los ferris para la isla. De ahí llegamos al otro lado de la isla, en un corto espacio de tiempo, y tomamos rumbo a Ancud, nuestra primera ciudad de visita.
Allá teníamos una cabaña reservada, con su chimenea y sus camitas toda pita. PEro en la reserva pusimos que éramos solo dos y no tres, para ahorrarnos una cama. En general la estancia salía muy cara en todas partes así que esa fue la idea que se nos ocurrió para gastar menos. Marta fue la elegida para ir de polizón y escabullirse sin que la vieran. La cabaña era de sobra para nosotras y los amigos que quisiéramos hacer.
Vimos la 'costanera' que les llaman ellos a las plaayas y las rocas. Precioso paisaje. Además nos hizo sol, algo bastante insólito en la isla, que es verde y lluviosa cual Galicia. Pasamos el frío día paseando por las playas y por la ciudad, y comimos como reinas en un restaurante. De los pocos lujos que nos hemos dado.
De ahí paseamos por las calles del pueblito, que no tenía mucho más, pero vimos una Luna poderosa e impactante, que parecía que nos la habían puesto ahí para nosotras. Luego para la cabaña a pelearnos con la leña, se nota que somos mujeres de pueblo (ja!). Pasamos una noche tranquila y contentas, ya que la pareja que nos había arrendado la cabaña nos podía acercar al día siguiente a Dalcahue, siguiente punto en el mapa. Comenzaba un poco más la aventura ya que a partir de ahí no teníamos hostal reservado ni buses mirados para hacer los trayectos.
Cuando llegamos pronto a Dalcahue nos maravillamos por los paisajes isleños y el puerto. Todo tan verde, con el mar ahí, al ladito. Barcos y barcos, gente tejiendo lana y cocinerías con mucho, mucho marisco. Paseando llegamos a una casa donde ponía afuera en un papel que hospedaban a gente. Entramos. Una mujer nos enseñó la casa y nos dijo que nos cobraba cinco mil pesos por pasar la noche allá, que podíamos usar su cocina y su baño y que ellos iban al día siguiente a Castro y les encantaría acercanos. ¿Podía ser mejor? No, no podía. La casa era un hogar, algo viejo, pero un hogar. Nos trataron muy bien, y fueron muy amables. Tanto, que nos volvimos a quedar la otra noche, pero eso es otra historia.
Ese día vimos Dalcahue, vimos la isla que está justo al lado de Quimchao, y vimos unos paisajes y unos lagos que desembocaban en el Pacífico que nos dejaron medio tontas para el resto de viaje. Vimos el Parque Nacional de CUcao, el pueblo (aldea) más bonito de todo Chiloé. Un amable hogareño dueño de un hotel de ensueño con vistas al lago nos hizo una pizza casera cuando nos vio hambrientas y deseosas de encontrar un restaurante que obviamente, no había en ninguna parte. Cucao era demasiado pequeño y bonito como para abrir para atender a tres niñas que quería comer algo. Con sus barcazas y sus gentes con ovejas, vacas y perros, Cucao se nos presentó como un paraíso terrrenal fuera de toda idea que pudiéramos habernos hecho de él.
Cabe decir que nos movimos por la islita a dedo, la gente nos paraba y nos llevaba donde fuéramos. La gente del Sur es así, sin problemas, sin prejuicios, muy muy buena. Aún existen comunidades donde la gente ama lo que hace y no parece tener que recurrir a otras fuentes que no sean el amor y el respeto al prójimo. Parece mentira.
Chiloé también es famosa por sus iglesias, de hace doscientos años, que están hechas todas de una madera de arce, y no tienen ni un solo clavo. No es que sean especialmente bonitas, al menos para mi, pero por dentro eran espectaculares, y la verdad que son originales. Vimos unas cuantas, todas son patrimonio de la Humanidad, pero no alcanzamos a verlas todas.
Aquella tarde-noche, la tercera, fuimos también a Castro, la capital de CHiloé. Alí nos citamos con una chica que Marina había conocido aquí en Santiago, y que nos llevó a cenar y a beber cosas chilotas (el vino 'navegao', caliente, muy bueno), y los ricos platos con papas de unas de las cien clases que se dan en las islas. ¡Eran moradas! Super buenas. Ella y su amigo nos llevaron a ver Castro y los palafitos, por lo que es famosa la ciudad. Y después nos devolvieron a Dalcahue a casa de la familia donde nos alojábamos, que 'ya estaba preocupada' porque eran las doce y no habíamos llegado. Adorables.
El siguiente y último día fuimos a las cocinerías de Dalcahue a comer marisco y pescao típico de Chiloé, un plato de Curanto, que es el típico. Yo me conformé con otro plato caliente menos del mar, pero igual de bueno. Comimos como si no hubiera mañana. A la tarde, un camionero nos llevó a Puerto Montt y allá esperamos el bus para volver en otras catorce horas a Santiago. Y ahora estamos aquí de nuevo.
Mi universidad está tomada por los estudiantes, al igual que cientos de otros centros educativos, en señal de protesta y reclamo de una educación pública-gratuita-de calidad, ya que son elecciones primarias este domingo. Parece que voy a tner que trabajar por mi cuenta con los profesores, y la semana que viene han de ir poniéndome ya las notas. Así está la cosa. Mucho que hacer en muy pocos días, cuando aún no me recuperé del viaje, y recién estoy digiriendo que Erika se nos va el viernes, me cambio de piesa para estar con Colombia... y me queda un puro mes en Chile. Otro viaje que planear, el de la despedida. El gran, gran viaje.
Comenzamos las tres la aventura con muchos interrogantes y mucha ilusión. Tras catorce horas de autobús desde Santiago a Puerto Montt llegamos a esta ciudad, y desde aquí al puerto de Pargua, inicio del viaje y desde donde salen los ferris para la isla. De ahí llegamos al otro lado de la isla, en un corto espacio de tiempo, y tomamos rumbo a Ancud, nuestra primera ciudad de visita.
Allá teníamos una cabaña reservada, con su chimenea y sus camitas toda pita. PEro en la reserva pusimos que éramos solo dos y no tres, para ahorrarnos una cama. En general la estancia salía muy cara en todas partes así que esa fue la idea que se nos ocurrió para gastar menos. Marta fue la elegida para ir de polizón y escabullirse sin que la vieran. La cabaña era de sobra para nosotras y los amigos que quisiéramos hacer.
Vimos la 'costanera' que les llaman ellos a las plaayas y las rocas. Precioso paisaje. Además nos hizo sol, algo bastante insólito en la isla, que es verde y lluviosa cual Galicia. Pasamos el frío día paseando por las playas y por la ciudad, y comimos como reinas en un restaurante. De los pocos lujos que nos hemos dado.
De ahí paseamos por las calles del pueblito, que no tenía mucho más, pero vimos una Luna poderosa e impactante, que parecía que nos la habían puesto ahí para nosotras. Luego para la cabaña a pelearnos con la leña, se nota que somos mujeres de pueblo (ja!). Pasamos una noche tranquila y contentas, ya que la pareja que nos había arrendado la cabaña nos podía acercar al día siguiente a Dalcahue, siguiente punto en el mapa. Comenzaba un poco más la aventura ya que a partir de ahí no teníamos hostal reservado ni buses mirados para hacer los trayectos.
Cuando llegamos pronto a Dalcahue nos maravillamos por los paisajes isleños y el puerto. Todo tan verde, con el mar ahí, al ladito. Barcos y barcos, gente tejiendo lana y cocinerías con mucho, mucho marisco. Paseando llegamos a una casa donde ponía afuera en un papel que hospedaban a gente. Entramos. Una mujer nos enseñó la casa y nos dijo que nos cobraba cinco mil pesos por pasar la noche allá, que podíamos usar su cocina y su baño y que ellos iban al día siguiente a Castro y les encantaría acercanos. ¿Podía ser mejor? No, no podía. La casa era un hogar, algo viejo, pero un hogar. Nos trataron muy bien, y fueron muy amables. Tanto, que nos volvimos a quedar la otra noche, pero eso es otra historia.
Ese día vimos Dalcahue, vimos la isla que está justo al lado de Quimchao, y vimos unos paisajes y unos lagos que desembocaban en el Pacífico que nos dejaron medio tontas para el resto de viaje. Vimos el Parque Nacional de CUcao, el pueblo (aldea) más bonito de todo Chiloé. Un amable hogareño dueño de un hotel de ensueño con vistas al lago nos hizo una pizza casera cuando nos vio hambrientas y deseosas de encontrar un restaurante que obviamente, no había en ninguna parte. Cucao era demasiado pequeño y bonito como para abrir para atender a tres niñas que quería comer algo. Con sus barcazas y sus gentes con ovejas, vacas y perros, Cucao se nos presentó como un paraíso terrrenal fuera de toda idea que pudiéramos habernos hecho de él.
Cabe decir que nos movimos por la islita a dedo, la gente nos paraba y nos llevaba donde fuéramos. La gente del Sur es así, sin problemas, sin prejuicios, muy muy buena. Aún existen comunidades donde la gente ama lo que hace y no parece tener que recurrir a otras fuentes que no sean el amor y el respeto al prójimo. Parece mentira.
Chiloé también es famosa por sus iglesias, de hace doscientos años, que están hechas todas de una madera de arce, y no tienen ni un solo clavo. No es que sean especialmente bonitas, al menos para mi, pero por dentro eran espectaculares, y la verdad que son originales. Vimos unas cuantas, todas son patrimonio de la Humanidad, pero no alcanzamos a verlas todas.
Aquella tarde-noche, la tercera, fuimos también a Castro, la capital de CHiloé. Alí nos citamos con una chica que Marina había conocido aquí en Santiago, y que nos llevó a cenar y a beber cosas chilotas (el vino 'navegao', caliente, muy bueno), y los ricos platos con papas de unas de las cien clases que se dan en las islas. ¡Eran moradas! Super buenas. Ella y su amigo nos llevaron a ver Castro y los palafitos, por lo que es famosa la ciudad. Y después nos devolvieron a Dalcahue a casa de la familia donde nos alojábamos, que 'ya estaba preocupada' porque eran las doce y no habíamos llegado. Adorables.
El siguiente y último día fuimos a las cocinerías de Dalcahue a comer marisco y pescao típico de Chiloé, un plato de Curanto, que es el típico. Yo me conformé con otro plato caliente menos del mar, pero igual de bueno. Comimos como si no hubiera mañana. A la tarde, un camionero nos llevó a Puerto Montt y allá esperamos el bus para volver en otras catorce horas a Santiago. Y ahora estamos aquí de nuevo.
Mi universidad está tomada por los estudiantes, al igual que cientos de otros centros educativos, en señal de protesta y reclamo de una educación pública-gratuita-de calidad, ya que son elecciones primarias este domingo. Parece que voy a tner que trabajar por mi cuenta con los profesores, y la semana que viene han de ir poniéndome ya las notas. Así está la cosa. Mucho que hacer en muy pocos días, cuando aún no me recuperé del viaje, y recién estoy digiriendo que Erika se nos va el viernes, me cambio de piesa para estar con Colombia... y me queda un puro mes en Chile. Otro viaje que planear, el de la despedida. El gran, gran viaje.
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