Escuchar Silvio en la salita de espera del aeropuerto debería ser triste. Pero sólo es emocionante.
Lo único que siento es un intenso e inmenso sentimiento de agradecimiento.
Por todas las personas, las antiguas y las nuevas, que me han ayudado a recordar por qué el género humano aún existe: Por el amor.
Me quedan largas horas de soledad hasta llegar a mi próximo destino. Pero no serán suficientes para acabar de pensar en todo lo acontecido (y lo no acontecido) estas semanas.
Tenía a mi corazón atado a la verja blanca de la casa. Afuerita. Sin entrar, esperando el momento. Sintiendo de a poco. Parado y calladito. Expectante.
Y cuando llegué y lo desaté comenzó a dar brincos por todas partes. A dejarse llevar y decir idioteces que mi cabeza de ninguna le hubiera permitido expresar. Pero ésta no estaba en la casa cuando todo esto ocurrió. Se había ido a dar un garbeo. Por relajarse no más.
Me sentía avergonzada por verle correr y gritar así. Se caía y se hacia daño y yo le gritaba bajito que volviera a que lo atara. Pero él no escuchaba. Al final de tanto correr se cayó al Mapocho. Volvió lento y rascándose el chichón que le estaba saliendo. Con cara de asumir las consecuencias de todo lo que a partir de ahora ocurriría.
Le miré pero me dio pena. Lo volví a atar y me puse la mochila. Y pensé en Neruda. Sentí que había tanto por hacer.... Y con todo controlado de nuevo comencé a caminar.
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