APARTADOS

viernes, 17 de octubre de 2014

Silvio

Escuchar Silvio en la salita de espera del aeropuerto debería ser triste. Pero sólo es emocionante.

Lo único que siento es un intenso e inmenso sentimiento de agradecimiento.

Por todas las personas, las antiguas y las nuevas, que me han ayudado a recordar por qué el género humano aún existe: Por el amor.

Me quedan largas horas de soledad hasta llegar a mi próximo destino. Pero no serán suficientes para acabar de pensar en todo lo acontecido (y lo no acontecido) estas semanas.

Tenía a mi corazón atado a la verja blanca de la casa. Afuerita. Sin entrar, esperando el momento. Sintiendo de a poco. Parado y calladito. Expectante.

Y cuando llegué y lo desaté comenzó a dar brincos por todas partes. A dejarse llevar y decir idioteces que mi cabeza de ninguna le hubiera permitido expresar. Pero ésta no estaba en la casa cuando todo esto ocurrió. Se había ido a dar un garbeo. Por relajarse no más.

Me sentía avergonzada por verle correr y gritar así. Se caía y se hacia daño y yo le gritaba bajito que volviera a que lo atara. Pero él no escuchaba. Al final de tanto correr se cayó al Mapocho. Volvió lento y rascándose el chichón que le estaba saliendo. Con cara de asumir las consecuencias de todo lo que a partir de ahora ocurriría.

Le miré pero me dio pena. Lo volví a atar y me puse la mochila. Y pensé en Neruda. Sentí que había tanto por hacer.... Y con todo controlado de nuevo comencé a caminar.

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