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sábado, 18 de octubre de 2014

Cruzar los cielos sin cruzar miradas

Era divertido contemplarlo todo.

El dolor de la pierna no le dejaba dormir ni relajarse. Pero Mati había encontrado una fórmula más o menos interesante para calmar sus dolores. Decidía no hacerles caso. Cuando llegaban, se revolvía en su lugar y comenzaba a subir la mirada curiosa para ver qué le haría esta vez despegarse de sus sensaciones más físicas.

La pantalla del avión presentaba un mapa en el que un aeroplano dejaba la estela de una línea roja. Era el camino que había hecho. Y la punta del dibujo apuntaba hacia el centro de una pequeñita península rodeada de agua. En el centro estaba Madrid. Y si era el destino final de todos los pasajeros que acompañaban a Mati en el largo y pesado camino por los cielos.

Junto a él una pareja no cesaba de hacerse selfies y cogerse de la mano. "Luna de miel", se dijo a sí mismo. Jugaba a descifrar quienes eran los demás o cual era el motivo de su viaje. Pero ya que nunca lo sabría, directamente afirmaba sus conjeturas e inventaba historias. Y su pierna se quejaba el doble, porque nadie le prestaba atención.

Mati tenía el libro de Galeano junto a él. Pero no leía porque le picaban los ojos ya. Cuando su vista ojeó el otro lado de la pareja de recién soñados, descubrió una chica menuda leyendo también a Galeano. No era el mismo libro. Pero servía. Servía para que posara su vista en ella: iba sola, como él. ¿De dónde vendría? Llevaba unas gafas de esas feas, que solo gasta la gente que sabe que tiene que usarlas si quiere ver completamente. Pero que no les importa un comino el estilo.

Llevaba un jersey grande. De chico, seguramente. Mati decidió que era de un chico que le había roto el corazón y ella, en su afán de irse y no volver a verle nunca más, se lo había robado. Y sabía por qué lo llevaba puesto. Pero le daba vergüenza reconocerlo.

Mati esperó a que ella pidiera la bebida para ver qué se le podía antojar a un alma que bien podría haber sido la suya. Pidió un zumo. Mati no se sorprendió. Sin planteárselo mucho, agarró su libro y lo expuso disimuladamente para ver si ella se daba cuenta y lo pescaba. Pero en ese momento ella se había dejado las gafas en la cabeza. No parece posible que se pudiera dar cuenta de la casualidad que Galeano podía exigir.

La siguió mirando y el dolor de pierna seguía avisándole de que la fiesta no había hecho más que empezar. Tuvo que desviar la vista de la misteriosa chica y revisar su pierna. Se masajeó la zona de conflicto y después se puso los auriculares para comprobar si su música podría arrancarle de su cuerpo algo más.

En ese momento era la chica la que levantaba su libro mientras leía para ver si él se daba cuenta de la casualidad y se dedicaban una sonrisa. Parecían tan solos. Ella ya se había fijado en el chico de la lectura en la sala de espera. Pero él parecía ocupado mirando su móvil. Seguro le escribía a la chica que le había regalado el libro. Pensaba ella.

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