Lo he cogido y he mirado a través de él. Estaba vacío. He metido el ojo y he mirado hasta el fondo pero casi percibía la sombra de mi propio pie descalzo. En un último ánimo de no creer lo que me decía la vista he volcado el bote de cristal sin tapa sobre mi cara. Y no me ha caído nada.
El bote de la imaginación está vacío. Tengo recuerdos. Lo que es inevitable, por otra parte. ¿Pero y el resto? ¿Qué es todo esto sin imaginación?
Contar algo y no ponerle ese 10% de imaginado pero potencialmente real que da a las historias un toque personal y perfecto, ya no será posible. Tendré que contar las cosas como son. Grises. Sin broches rojos o gritos ahogados, o miradas brillantes.
Cuando te mire apenas veré nada más que tu cara redonda y tu mirada de espera. Nunca te volveré a ver zarandeando tu cabeza al golpe de cualquier disco de Bob. Tu Bob.
Y es que antes de que tú ni siquiera lo plantees yo ya te había visto ponerle los vinilos a ese hijo minúsculo que tendrás algún día y dejará de llorar cuando el sonido sucio que salga de la gramola y tu paciencia suenen a la vez.
Mi imaginación se ha ido y con ella también esos recuerdos que nunca existirán.

No hay comentarios:
Publicar un comentario