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sábado, 15 de noviembre de 2014

Re en cuent(r)os

ILas personas cambian. No al mismo ritmo. No en las mismas direcciones.

Cuando la gente se reúne, años después, en las típicas comidas de reencuentro con gente del instituto o la universidad se da cuenta de que la vida trata diferente a cada persona. O son las personas las que  la maltratan. Quien sabe.

Incluso los caminos más alejados y diferentes se pueden llegar a acercar alguna vez. Y sólo una vez, un momento, basta para cambiar el curso de los acontecimientos. Las relaciones. Las enseñanzas que cada quien aprende. Un momento de cruce de miradas puede cambiar una decisión. ¿ Tan importantes pueden llegar a ser las personas nuevas en nuestras vidas?

Cuando Berta llegó a la cena de reencuentro del instituto, años más tarde, algunas compañeras hasta eran abuelas. Otras se habían casado tres veces. Había hombres calvos y compañeros con demasiado pelo. Reconocía a la gente por sus sonrisas o por su voz. Pero a algunos le costó reconocerles demasiado tiempo. El tiempo, como nos cambia. Pensaba Berta.

Pensando también en los compañeros que no habían acudido a la cena porque ya no existían en el mundo, Berta recapacitó. No es en realidad el tiempo lo que cambia. El tiempo está ahí, sin más. Está y sirve como medida para contar cuanto está pasando.

Pero es invariable. Somos nosotros los que recibimos los impactos y cambiamos, o no. Y  Y si nos ponemos a pensanrlo, como Berta, algunas cosas en definitiva no (nos) cambian:

Cuando llegó Graciela a la cena Berta sintió el mismo pinchazo en el estómago que ya bien conocía de hace largo tiempo. Y seguía juzgando a los compañeros igual. Se alegraba por los que eran más ricos y eso. Y, de alguna manera, sentía pena por los que al igual que ella, seguían estando sin más. Impasibles. Invariables como el tiempo. Pero tan diferentes por dentro. Tan llenos. De nada.

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