APARTADOS

sábado, 27 de diciembre de 2014

Seguimos con los cuentos

21 gramos


El escaparate estaba casi vacío. Había un espejo de marco dorado y una tela verde. Pero no daba miedo. Llegué a la tienda un poco nerviosa.¡Estás tonta o qué! Me decía a mí misma. Miré el reloj. Llegaba cinco minutos antes. Me fumé un cigarro y repasé las actualizaciones de Twitter. Cuando se hizo la hora llamé al timbre. 

Debió tardar dos minutos en llegar desde una habitación interior hasta la puerta. Era una señora ya anciana. Le costaba caminar y tenía arrugas en toda la cara y las manos, la única parte que se apreciaba de su cuerpo. El resto estaba cubierto por una especie de túnica de seda color café, y debajo una falda larga. Su atuendo no me sorprendió ni causó nada en mí que yo pudiera destacar, o que me sirviera de referencia para saber qué pensaba de ella. 

El contexto, aquel lugar, tampoco era nada especial. No me transmitía nada. Era un espacio muy vacío. Poca luz. Sin embargo, a medida que iba siguiéndola a través de la estancia hasta el mostrador y luego la cortina, iba apreciando con gran dificultad que las paredes estaban llenas de espejos. Apenas se veían todos. Sólo los que tenían un marco sobresaliente o brillante podían verse a tientas. Ahí sí me asusté. Quise preguntarle algo. Quise pararme y mirar(me) en alguno de ellos. Pero me dio mucho, mucho miedo. 

Pasamos la estancia y la cortina. Dentro había otra señora. Mucho más joven que la anterior. Quizás cuarenta o cincuenta años. Pelo canoso hasta los hombros. Ojos maquillados y una casaca roja era lo único que pude ver de ella. Nada más verme, sonrió. Me quedé un poco extrañada. Puse cara de tonta, seguro. Me quedé quieta en medio de la habitación, obviando la silla dispuesta delante de la brujita preparada para mí. Me quedé mirando a la mujer vieja como esperando que me diera una explicación. Había acaparado toda mi atención, y ahora resulta que ella no iba a ser quién me hiciera la revelación. 

- Te presento a Erika. Ella es la ama de este lugar y la que sabe quién eres. Yo soy su tía, Olivia. ¿Quieres un té? Sí, traeré té. Dame tu chaqueta niña, ponte cómoda. 

Hablaba sola, y lentamente. No me dejó responder. Se fue con mi abrigo mucho más rápido de lo que yo la había visto caminar antes. Sentí que estaba en la boca del lobo. Desconfié de las dos. Me pregunté por no sé cuanta vez qué demonios estaba haciendo allá. Se me ha ido la cabeza. 

- Tranquila, niña. Eres María. Se te ve fuerte, estate tranquila. No podríamos hacerte nada malo ni aunque quisiéramos. Estamos contentas de que hayas venido. Has llenado la habitación de tí. ¿A qué se debe tanta energía? 
- Yo... lo siento. -Me senté un poco avergonzada, parecía que la señora se había asomado a la ventana de mis pensamientos-
- Antes que nada quiero decirte que no soy una bruja. Ni me invento nada. Lo que yo hago lo puede hacer todo el mundo, pero no es fácil de aprender. Hay que dejar de mirar tanto hacia afuera y mirar hacia dentro de uno mismo y de las personas. No te voy a predecir el futuro, porque de ti dependerá éste siempre. 

Me relajé bastante. Dejé de sentir, al menos, que me había metido en una farsa fuera de lo real. Me senté y la señora me dio la mano. Me la sostuvo unos segundos. La miró. Al final, la soltó suavemente. Me dio calidez. Me la quedé y la guardé en mi bolsillo. 

- Y bien, pequeña. Ya no eres tan pequeña de edad, lo sé. Pero aquí dentro -me dijo señalándome el pecho- eres muy pequeña. Todos los aries lo sois. Por eso os cuesta tanto dejar de hacer alguna cosa y empezar a hacer otra. Por eso sufrís constantemente por las mismas causas. No aprendéis y seguís haciendo lo que os piden los impulsos. 

No podía decir que no. 

Me preguntó sobre algunas cosas de mi presente. Preguntas que aparentemente eran banales, pero supongo que eran las respuestas escondidas en las respuestas que le daba, lo que realmente le importaba a ella. Me habló de mí, de mi signo. De la relación con la Luna. Me dijo que yo era toda fuego. Me hizo sentir bien. Me gustaba que me dijera que había energía en mi. Me reconfortaba la idea de que no todo estaba acabado. 

Me preguntó cuál era el primer recuerdo que tenía de mi vida. Le conté lo de chafar caracoles, un pony y una naranja. No sé cuál de todos era el primero. Pero debió servir, porque escuchó atenta y sonriendo. Parecía que le encantaba todo lo que le contaba. Me hacía sentir bien. 

Yo no interactuaba. Solamente contestaba las preguntas en modo monólogo. Le expresaba todo tal y como salía de mi. Seguramente era lo que ella esperaba. Me contó las veces que me había enamorado. Lo supo sólo con mirarme. Me dijo que me quisiera más. Que la gente me quería mucho. Y era ese cariño extra de los demás el que me resguardaba del peligro que yo misma era para mí. 

Me habló del amor que tiene que ver con el sexo, con la pasión. Con los impulsos más alejados de la racionalidad. Después me habló del amor por vivir. De ese me sobraba, decía.Intentaba pedirle consejos. Pero ella no quería darme nada que no fuera algo que yo ya tenía dentro pero que no sabía encontrar. 

Yo quería saber si le estaba dando demasiado a la chaveta. Pero ella ya sabía, meses más tarde yo también lo supe, que eso no tenía remedio. No era un problema, de hecho. Era una solución y una gran parte de mi que me hacia quien era. 

Me explicó las fases por las que mi personalidad había y estaba pasando. Fue revelador. Por unos momentos sentí que pesaba mucho más, era mucho más yo. Mi presencia se llenó. Y no se ha vuelto a vaciar. 

No sacó las cartas ni nada por el estilo. Me dijo que me escuchara más. Que me llenara de mi. "A veces, lo mejor es meterse dentro del agua y quedarse un rato ahí". Algunas cosas no tenían ningún sentido para mi. Aunque poco a poco las he ido comprendiendo y construyendo. Me dio las fichas de un puzzle de pocos colores muy claros, por lo que era realmente difícil de montar. 

Pero lo voy consiguiendo. Me explicó la influencia que Marte tenía en mí. La importancia de que mis padres fueran como son, y la hora y edad a la que me tuvieron. Quise entender sus explicaciones por un lado cultural-social. Pero iba por otro lado. Era místico. TEnía que ver con el alma. 

Le dije que si podía limpiar mi alma. Y me dijo que lo que realmente yo quería era borrar algunos recuerdos. Me dijo que ni lo intentara. Era imposible y doloroso. Me instó a renovar recuerdos por otros nuevos, a redefinir las historias y a entenderlas como yo mejor las digiriera. Tenía razón. ¿No era mi historia? ¿Por qué ponerla contra mi? 

Acabamos llorando las dos. Quién sabe si por las conexiones, las velas, el polvo de la habitación o mi esfuerzo mental. Salí tranquila, aunque algo había cambiado en mi. Sentí que el mundo conllevaba un juego de armonías que estaban más allá del bien, el mal, el tiempo o las personas humanas. ¿Quién era yo?

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