Yo me sentía cada día más sola, lo reconozco. Buscaba nuevos amigos. A veces sin querer, y otras con cierta indiscreción. Como si tuviera un vacío que llenar y pensara que cualquier momento de risas banales con cualquier persona estúpida fueran a arreglar esta mierda que me pasaba.
Lo único que me ocurría es que mis amigas estaban lejos. Literal y figurado. Apenas hablaba con ellas, ya no sabía ni que hacían con sus nuevas vidas lejos de la mía. Y además me sentía la perdedora. Como si corriéramos una carrera y en la recta final todas ellas hubieran sacado fuerzas reservadas en alguna parte de su cuerpo que yo ni siquiera poseía.
Pensé en ir al psicólogo, aprender a cocinar, apuntarme a una ONG o trabajar de teleoperadora. Cualquier cosa que me sacara de aquella especie de etapa inerte de mi existencia. Pero al final decidí solamente seguir con mi vida como si una corriente que venía de alguna parte (desde luego no de mí) me empujara a seguir sin pensar demasiado qué rumbo tomar.
Y entre todo ese mar de dudas y soledades estabas tú. Como la única palmera de un oasis en medio del desierto. Sola, tu valía era más vistosa que nunca pero absolutamente nadie podía verla. Y ya se sabe, si algo no se puede sentir, no tenemos razón para pensar que pueda estar ocurriendo.
A mí todo me parecía peor de lo que era. Y tú ya no me pasabas ni una. Cualquier razón que tú consideraras importante era suficiente para hacerme ver los muchos esfuerzos que hacías por seguir conmigo a pesar de todo. ¿Hay algo más triste que eso?
Estábamos en un ciclo de aparente no retorno en el que el otro tenía la culpa de todas las desgracias que nuestras diminutas vidas nos ofrecían. Hacíamos el "favor" de aguantarnos porque en el fondo era(mos) lo mejor que teníamos. Pero no había amor. Sólo las cenizas de un fuego que había quemado hacía mucho. No sé de qué canción he sacado todo esto.
Tú me echabas la culpa de lo que no habías hecho, y de lo que yo te había hecho a ti. ¿Y tú de qué tenías culpa? Está claro, de haberte enamorado de una horrible persona como yo.
Pero la historia estaba escrita. Yo cambiaba de residencia, y tú encontrabas ese fantástico trabajo y una persona adecuada a tus necesidades más sencillas y simples, necesarias para tener un nivel de vida medio-alto, domingos de paseos y sofá cómodo, sexo con amor esporádico aunque suficiente, y una cabeza inteligente a tu lado que te adoraba y te tenía en un pedestal.
Yo erraba unas cuantas veces entre diferentes hombres extraños y al final acababa enviándote una carta dándote las gracias por lo que nunca habías hecho por mí.
En Primavera las parejas de mis cuentos se separan. No se van a la cama. Se gritan, y se echan a la cara lo que en realidad no pensaban hasta el momento de la discusión. Y, tiempo después, se dan abrazos de despedida y se desean buena suerte. Y algunas de ellas, hasta se recuperan y vuelven a hacer equilibrios en una cuerda que sólo depende de ellos mismos, aunque no lo saben.
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