Con una sonrisa pintada en la cara, y tras unos calurosos abrazos nuestros amigos nos han dejado en casa y los hemos visto alejarse con la combi azul hacia otra parte. Cuando los vimos llegar el sábado con esa gran furgoneta hippie por naturaleza, azul preciosa, esperando a que subiéramos en ella nos pareció que empezaba algo diferente a lo que esperábamos.
Es como en las películas, o los anuncios de cerveza, cuando los amigos van a la playa con gorros de paja, guitarras, cervezas (de la marca del anuncio) y la combi. Pues así vi el percal cuando aparecieron delante de nuestra puerta. Eran David, su amigo Felipe al que no conocíamos, y Enzo, que ya lo conocíamos de cuando estuvimos en la otra casa de Marta. Nos subimos y tras las presentaciones fuimos a por Bárbara, una chica italiana que lleva viviendo aquí cinco años porque vino para cinco meses y encontró trabajo de maestra en un colegio...
Nuestro destino era Quintero, el pueblo donde vive la familia de David. Cuando llegamos su familia nos esperaba con una sonrisa y una preciosa niña de 7 años (la hermana de David), que nos imitaba el acento, nos enseñaba fotos y nos explicaba todo lo que no entendíamos las pobresh eshhpañolas. No sé por qué nos imitan haciendo la ese sorda con todas las palabras.
El caso es que su madre nos había alquilado una casa en el pueblo para que estuviéramos tranquilamente (nos costó 4 eur. la noche o así a cada uno). Así que dejamos las cosas, comimos rápidamente una empanada quinterana y nos fuimos hacia una de las cientos de playas que hay en Quintero. Las orillas del Pacífico son muy diferentes en toda la costa. Todas tienen rocas enormes, bosques frondosos al lado, arena de piedras, dunas, montañas y cerros, y están CONGELADAS. No me metí más de las rodillas. Imposible hacerlo.
Además, esta playa en especial estaba no sé donde situada, pero hacía un viento que no nos dejó ni sentarnos a tomar el sol. Sin embargo a los demás bañistas se los veía a gusto, acostumbrados, con sus toldos y sus caras tapadas para evitar la molestia del aire en la cara. Nos pareció muy interesante ver como todos estaban sentados conversando cuando nosotros comimos más tierra que en toda nuestra vida junta.
Sin embargo era muy bonita. Tenía bares sobre maderas, una zona de acantilados, un frondoso bosque detrás, y un montón de dunas (claro, con aquel viento, normal). Nos fuimos a pasear por las dunas, había unas vías de tren. Y mientras andábamos por ahí escudriñando oímos la bocina del tren y corrimos como niños a asomarnos desde las dunas donde estábamos, para ver como el tren pasaba entre la playa y el bosque cargado de bidones donde debía llevar material industrial hacia el puerto. No habíamos visto ni conocido una playa así nunca. Aunque el viento impidió una jornada de playa con normalidad, nos lo pasamos bomba con las dunas. Volvimos con las orejas y el ombligo de arena que podríamos haber hecho una calita en la bañera de la casa.
Por la noche la familia de David vino de nuevo a visitarnos y todos hicimos una barbacoa. Es extraño y a la vez precioso hablar de que alguien que apenas conocíamos nos llevó hasta su familia, nos acogieron todos como si lleváramos toda la vida viéndonos y nos dieron todo lo que tenían solo por que nuestra estancia fuera lo más placentera posible. Aquí la gente es así, se saluda con abrazos. Se da calor de verdad, se quiere. No hay barreras al conocerse, todo lo contrario. Se regalan mucho dando por supuesto que la otra persona que acaban de conocer será fantástica. Es tan saludable esta forma de ver la vida..
Después de una gran barbacoa de carne de verdad nos fuimos a la plaza del pueblo, ya que era la semana quinterana y vino una orquesta a tocar. Me recordó tanto a la Pobla. Tanta lejanía y tantas diferencias, y sin embargo hay cosas que no cambian. La plaza con la banda tocando, los mayores y pequeños escuchando y bailando, los jóvenes de aquí para allá, y la playa al lado. Se podían oír las olas y oler el salitre. Nuestras sudaderas nos vinieron muy bien.
La banda que tocaba era una típica chilena, con canciones propias (osea, que no conocíamos). Iban todos de blanco y negro y cantaban una cosa muy graciosa que no sé por qué razón alcancé a encontrar graciosa y bailable. Son las típicas músicas sudamericanas como la cumbia, con letras sobre las solteras, los solteros, mueve tu cucú, y todas esas alegrías cargadas de sentido (mentira). Los cantantes eran unos animadores que bailaban hasta sudar más que Camacho. Si hubiera escuchado una sola de aquellas canciones en un bar de España hubiera salido por la puerta en el mismo instante. Pero estamos aquí, y esto es lo que gusta, lo que se baila, lo que es de aquí. Hay que entenderlo y aprovecharlo. Así que lo bailamos toda la noche sin parar. Y vimos los premios de miss Quintero. Tan grande. Ganó la miss de la Playa de los Enamorados, así que al día siguiente esa fue la playa que visitamos.
Esta vez ya no había viento, era una cala con un bar en el centro, con banderitas y la música muy alta, Bob Marley. Había ambiente de fiesta, de relajación dominguera. LA gente también se bañaba, pero lo mejor es que se quedaba en la orilla del mar, desde los abuelos hasta los nietos. Todos esperaban, y es que cada cierto tiempo venían olas gigantes que les chopaban de arriba a abajo. Y todos reían. Era muy gracioso verlo. La cala estaba escondida entre dos acantilados. Una preciosidad.
Por la noche la familia de David nos abrió las puertas de su casa y nos invitó a un Once, que es su merienda. Tartas caseras, té y café para todos. No sé si esperaban que nos volviéramos a Santiago a comer empanadas ante aquel percal. Yo no podía parar. Por la noche nos cogimos la furgoneta y nos fuimos a un acantilado a ver las estrellas y a hablar de la vida misma y a conocernos un poco más y mejor todos. Felipe dijo que se le habían acabado las carcajadas de la semana. Y nos fuimos a dormir.
Y esta mañana hemos ido a un bar típico de pescao y marisco a que ellos disfrutaran de los manjares del mar y yo de una empanada a la carbonara. Son cosas que pasan. Por la tarde hemos visitado otra hermosa playa de piedras, y tras una despedida sentida con la familia de David nos hemos venido para Santiago. Y ese ha sido el viaje. Las fotos son preciosas. Vimos un atardecer en un acantilado que me dejó atontada para toda la noche ya. Y el cielo estrellado, la luna más grande que he visto nunca. Ha ido todo tan increíble que ahora tengo miedo.
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