APARTADOS

jueves, 21 de febrero de 2013

La calma

Desde que llegó Marina y estamos las tres instaladas hemos llegado a una relativa calma. Entre otras cosas, porque aunque esto sea barato no podemos llevar un ritmo de gasto tan alto. Y eso que aún no he ido a comprarme esos básicos de ropa que tanto necesito... (mujeres).

Aún así, apenas comemos y cenamos en casa. El otro día íbamos Marina y yo al súper a comprar para hacer la comida y en el bar que está antes del súper había un cartel que ponía, 'dos bocadillos de ternera con la mezcla a elegir, 1200 pesos' (2euros). ¿Así como vamos a hacer la comida? Nada, entramos en el bar y nos zampamos cada una un bocadillo de ternera, buenísimo. Es mucho más fácil para mi, y mucho más barato para todas. Nos sale más caro ir a comprar los ingredientes y hacerlo nosotras.

Y ayer, David, que es el otro amigo que tenemos a parte de Franco, nos llevó a comer a un peruano. Al principio yo desconfiada, claro. Comida nueva, ingredientes que no se ven y por tanto no sabes lo que son... mmm. Pero nada, nos llevó a un barrio barato, cerca de Bellavista, y nos metió en aquel bar. El camarero muy amable, nos explicó lo que llevaba cada plato y se rió de mi porque pedí lo más simple que había en toda la carta. TAllarines con pollo. Había marisco, pescado, arroces de todas clases... pero yo tallarines. Me preguntó varias veces si estaba segura, aún se están riendo de mi él y su mujer en la cocina. 

Marta y David pidieron cosas más elaboradas. Cada plato no pasaba de los 4 euros, y no os podéis imaginar la cantidad de comida que había. De hecho, uno de ellos nos lo llevamos en un tupper para casa. No hay que perder las buenas costumbres. Era arroz con marisco, y el otro de ternera salteada con verduras, arroz y una salsa de soja muy rica. Estaba todo de categoría. David se nos quedó mirando a Marta y a mi, parecía que no habíamos comido en varios días. Y la verdad es que desde que vinimos no habíamos comido nada elaborado al nivel 'tener salsa de algo'. 

Después del festín y de darle las gracias a los peruanos del barucho, Marta nos invitó a unas galletas de la fortuna de estas chinas. Nos reímos mucho, con el mensaje y toda la parafernalia. 

Para bajar la comida, David nos llevó por la ciudad mientras nos contaba cosas. Aquí en general la gente sabe mucho de la historia de su país, está muy enterada, muy preocupada por el pasado, y por el presente. Todos saben datos históricos, personajes, situaciones conflictivas. Cualquier persona de la calle te hace una buena retrospectiva de su pasado inmediato (y no tan inmediato). Eso en España no pasa. 

Ya que la ciudad es tan joven, Santiago está hecha a partir de un batiburrillo de gustos, estéticas y formas que nadie podría llegar a enumerar por completo. Hay edificios neoclásicos, otros edificios de los sesenta, casas barrocas a más no poder... es increíble. Nada de lo que hay construido aquí es realmente de la fecha que su estilo podría sugerir. Es todo construido a partir de uno u otro estilo, pero siglos más tarde de que éste apareciera en Europa o donde fuera. Así pues, si miras hacia arriba te sorprende la variedad que Santiago puede ofrecer. A algunos les parecerá feo, pero a mi me parece muy interesante que cada casa o edificio esté hecho de una manera diferente al de al lado, el hecho de que la ciudad 'llegara tarde', le da toda la potestad para elegir las construcciones, estéticas y maneras que ella quiera. Y así ha sido. 

David nos llevó, callejeando por aquí y por allá hasta sitios que no habíamos pisado aún. Nos habló de todo. La cultura, la mezcla de gente de todas partes, la cultura mapuche, los batacazos de los chilenos y las cosas buenas que consiguieron. La mezcla de antepasados es tan grande, que la identidad chilena, la identidad de los que viven aquí bien podría decirse que no se ha formado. Desde el punto de vista histórico, queda mucho por ver y analizar para poder dar una descripción detallada de esta gente, esta cultura, y sobretodo esta ciudad.

David sabe mucho, y Marta y yo le escuchábamos hablar mientras tomábamos el té. Nos tropezamos unas cuantas veces mientras caminábamos de acera en acera. En mi es normal tropezarme, soy así, pero esta vez era porque teníamos la cabeza siempre mirando hacia arriba. Nos pasa mucho. Nos quedamos abobadas y no nos damos cuenta. Eso sí, me duelen los pies... una barbaridad. Hemos decidido a partir de ahora que el calzado no tiene nada que ver con el atuendo. Es decir, vayamos lo monas que vayamos, las botas de montaña siempre que haya que caminar. Mis pies me lo agradecerán. 

Y poco más. Este fin de semana nos llevan de viaje a Quintero, que es el pueblo de David. Tiene costa, está cerca de Valparaíso. Y playa!! A ver si estrenamos el bikini de una vez... ya contaré qué tal. Esta tarde al cine y mañana a preparar las bolsas. Ahora que hemos puesto la lavadora volvemos a tener ropa adecuada para cada ocasión. ¡Qué ganas de que llegue el sábado!

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