Soy tan fan de hacer balances sobre las cosas. Hay quienes me dicen que no los haga, que no valen la pena. Y que las cosas sirven mucho más cuando no esperas nada de ellas, y te sorprenden de una manera u otra.
Ayer volví de Chile. Y mañana empieza Navidad. El mundo da vueltas cada vez más rápido, y ahora es cuando tendría que decir que paren, que me bajo. No me voy a bajar, me voy a agarrar más fuerte a ver donde llega este sinsentido (lo cual no deja de tener dirección).
El baloncesto de Chile me dio tanto, que el de España me está defraudando. Los valores son tan diferentes, las sensaciones.... ¿la gente? Quizás. Sin embargo, hay un exponente en común, y es que en cualquier lugar el baloncesto me llama a la puerta o lo llamo yo. Marina estuvo este fin de semana acá, no la veía desde julio en Chile. Y me dijo que ahora entendía aquel amor sobre todas las cosas por el basquet en Chile, si aquí es mi vida. Lo quiera o no, mi día a día gira en torno a las canastas.
Menos mal que las chiquitinas me devuelven esa alegría y ese entusiasmo por las cosas que estaba empezando a perder desde que empecé a convertirme en un engranaje más de la máquina. Desde que entran por la puerta a entrenar mirando a las amigas, buscándome a mi y preparándose para correr, hasta que salen por la misma puerta igualmente alegres, sonriendo con todas y seguramente cansadas después de la jornada. Cuantas cosas aprendo de ellas. Parece mentira.
Mi vida empieza a ser como antes. Mil quehaceres diarios, exprimir el fin de semana y dormir seis horas al día. Pero lejos de quejarme, adoro esa sensación de que a los días les faltan horas y a mi me falta oxígeno para respirar un poco más hondo y darme cuenta de que lo que se ha ido, no va a volver. Y lo que queda por venir, está por escribir. Con lo facil que sería si todo estuviera bajo control.
Pero no. Lo cierto es que bajo control no tengo absolutamente nada. Y eso da miedo.
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