Vuelven a mi fantasmas de Chile. Está claro que el día que acabó aquello, se acabaron muchos cruces de caminos que no volveían a cruzarse nunca. Por muchos 'nunca se sabe' que se digan, fue y será así.
Este fin de semana con Marina, me di cuenta de que es una persona que me hace feliz. Que me hizo feliz en Santiago, pero aquí en Castellón también lo hacía. Y ni siquiera teníamos que recurrir a las bromas de allá para reir acá. Eso hace darme cuenta de que fuera donde fuera, Ella hubiera sido la perfecta compañía.
Las situaciones importan, el contexto. Pero las personas importan más. Muchos encuentros no cambiarían si se hicieran en Santiago, en Tokio o en Vila-real. Para bien, pero sobre todo para mal. Achacamos a las situaciones espacio-temporales la culpa de lo que hacemos (mal, normalmente) las personas. Huele a autocrítica. Y ahora que lo entiendo, lo es.
Autocrítica, esa es la palabra que les he enseñado hoy a los niños del colegio. Todos se peleaban, se insultaban, todos se quejaban y estaban desagusto. Es difícil que todos estén de acuerdo. Pero debería ser facil hacerles felices. Como Marina lo consiguió conmigo este fin de semana. Y sin embargo, no lo es.
¿Cuántas personas como ella tropezarán conmigo en esta vida? ¿De qué dependen esas cosas? ¿Si estoy más receptiva encontraré mejores personas? Pero seguramente también peores. A lo mejor no es la solución, esperar que siempre hay alguien esperando a hacer de tu vida algo mucho mejor de lo que es. A lo mejor solo somos nosotros mismos, y como nos tomamos las cosas. Por ejemplo, yo me tomé a Marina como un respiro que me daba el destino. Una bocanada de aire fresco como el de este mes.
El destino... las casualidades... encontraranos en Chile no fue algo que yo pueda ver estadísticamente probable. No es que lo quiera ver como algo que 'estaba escrito'. Es difícil creer en lo que uno no ve. Pero, ¿qué otra respuesta hay? Cuando nos ocurren cosas como encuentros atípicos con personas que, de alguna nanera, son especiales para nosotros, tiene que haber algo detrás. ¿Lo hay? O quizás la respuesta vuelve a ser la de antes. Solo somos nosotros mismos.
Si todo está escrito, podría vivir más relajadamente, dejando de dar tanta importancia a mis decisiones, y permitiéndome tomar todos los caminos equivocados necesarios hasta dar con el bueno. Pero el bueno sea probablemente ese mismo, el de un paso en falso detrás de otro. Seguramente sea eso, el buen camino es el que está lleno de malas decisiones. O de decisiones que luego resultan ser equivocadas.
Creer o no en la existencia del destino es aferrarse una vez más a esa sensación de que no somos los dueños por completo de nosotros mismos. Y lo cierto es que somos muy poco dueños de nosotros mismos. Por qué, entonces, ¿no intentamos crear nuestro propio destino? Crear quizás no es el verbo. Preparar, trabajar para ello.
Divagar sobre lo que nos pasa en la vida no sirve para nada aparentemente bueno. Pero nos (me) da la oportunidad de pensar que tengo cierta potestad sobre lo que hago. Como antes, que soy dueña de mis actos. ¿Lo somos? No estoy segura de estar haciendo lo correcto, por lo que ¿cómo voy a estar segura de querer de verdad hacer lo que hago?
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