Mi hermana me enseña las fotos de su viaje a Bruselas. De repente es un proyecto de abogada cuya vida es bastante más intensa que la mía (cosa que no me importa, pero que es reseñable), y que empieza a convertirse en persona. La veo, y no me veo a mi cuando iba a primero. Somos muy diferentes. Quizás yo siempre he tenido más pájaros en la cabeza. Siempre he sido más voluble.
Asun me decía hoy que me complico la vida. Hemos ido a una conferencia que luego ha resultado ser mañana. No es que los del Ayuntamiento no se enteren. Más bien somos mi jefe y yo los que no estamos al tanto. Últimamente me dejo las puertas de casa abiertas, los cubatas me sientan mal y no hago todo, pero de manera mediocre. Preferiría hacer solo algunas cosas, pero brillantemente.
En los escritos de las prácticas, los entrenamientos, los favores que me piden... no hay brillo. No encuentro esa sensación que te empuja a seguir con lo que haces, porque lo estás haciendo bien. En el equipo, por ejemplo, me siento mayor y desubicada. El año pasado por estas fechas lloraba de pensar que me iba a Chile e iba a dejar a todas a mitad temporada. Y ahora, pagaría por tener una gran excusa como esa para dejar el equipo.
No es culpa de nadie, es solo que no estoy. Las compañeras no son las mismas, me siento un poco mayor. Y menos importante. Nada necesaria, si se me permite la expresión. Cuanto importa sentirse necesario. Aunque luego vayamos de autosuficientes, la vida tiene mucho más sentido cuando eres una pieza en el puzzle de alguien. Y así te lo hacen sentir.
Si tengo quejas frente a algunas personas que me quieren, es que nunca he sentido su dependencia (sana) hacia mi. Y no, no vale más tarde que nunca. En realidad nadie es suficiente necesario como para ser indispensable. Somos seres enteros. No necesitamos medias nada. Pero somos seres enteros a los que nos enriquecen los condimentos. No nos damos cuenta, casi nadie se da cuenta. Pero bastaría vernos por un agujero para saber quienes somos, y quien podríamos ser, rodéandonos de las personas adecuadas. ES uno de los deseos que siempre he querido cumplir. Verme desde otra cámara. Un plano fijo continuado por el que yo entro y salgo.
Estas Navidades muchas personas me han demostrado hasta donde llegan los límites del egoísmo humano. Necesario, sí. Pero también increiblemente desolador. Hacer el ejercicio de ponerse en el sitio de los demás nos resulta tan complicado a veces, que cuando lo hacemos no puede ser sino revelador de todo.
La una que no está contenta con la comida de Nochebuena, el otro asustado porque cada vez somos más en Navidad. ¿Desde cuando ha sido motivo de enfado ser más que menos? Ojalá siempre fuéramos más en la mesa, y nos faltaran sillas, y no al contrario. Mirar alrededor y recordar (ya solo queda eso) a los que no están, y no estarán nunca más. Me pone enferma que demos tanta importancia a las cosas que deberían ser, sino alegres, sencillamente fáciles, de la vida.
En la próxima carta a los Reyes, pediré porque todos reciban un espejo donde ver a todos los demás menos a ellos mismos.
Necesito vacaciones de la gente, del día a día, y de mi misma. Por eso me voy el viernes a ver a la francesa que me cambió la visión de la vida durante el Erasmus. Una vez al año, cuando todo está en calma y el frío le da una especie de pureza al ambiente, Marion y yo nos encontramos para resumir un año entre paseos, cóctels y demás alegrías de la vida que solo una francesa me podría ofrecer.
Me encanta relatar tantas ideas inconexas en un mismo escrito sin apenas hilo conductor. Es una especie de escrito experimental. Como los cortos de Atom, pero yo los hago escritos. Son menos visuales. No hay estética en estos párrafos. Como dice mi madre, no tengo gusto ninguno.
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