APARTADOS

lunes, 2 de junio de 2014

la chica del tatuaje

Hubiera sido tan fácil como que no nos hubieran presentado nunca. Pero qué puedo decir, ocurrió sin que me diera la más mínima cuenta. Desde el principio supe que esa historia podía acabar bien y mal, con todas las consecuencias que tenía. 

Nos presentaron en un chiringuito de la playa. No sé si fue Paloma o Javi, nuestros únicos amigos en común, ya no lo recuerdo. Ella estaba preciosa. Dios, es que lo pienso y me pongo malo aún ahora. Llevaba un bikini muy pequeño, demasiado. Y tenía la piel oscura, estaba morena nivel isla-de-los-famosos. El pelo largo, negro, y lacio cayéndole por los hombros y por delante de la cara. Llevaba un vestido transparente, de esos de playa, que casi era peor. 

Me sonrió desde el principio como si mi cara fuera un chiste. Siempre que la miraba, ella ya lo estaba haciendo y estaba sonriendo. Nunca supe si encontraba algo gracioso en mí, o le divertía ver como iba luchando contra mi timidez hasta llegar a mirar su barbilla. Aquel primer día acabamos los dos dentro del mar contándonos nuestras vidas (o ahora que lo pienso, igual solo la conté yo). Sus viajes por Sudamérica, y mi novia en la Índia salvando niños (no son negros allí, ¿no? se lo preguntaré algún día). 

Veraneaba en el apartemento de al lado hasta que se volviera en septiembre a Toledo, ciudad de la que provenía y a en la que pasaría el siguiente año. Yo no sé si sus abuelos lo hacían adrede, pero siempre tenía el apartamento y la enorme terraza de ático listo para dar fiestas y barbacoas. Y yo, que por aquel entonces estaba jodido por todo un poco y solo quería diversión, no me perdí ni una sola. Tenía un collar de hawaiano y un ron-cola siempre preparados para mi llegada. Para mí, eso era una forma de amor. Aunque ella nunca lo reconocería.

En la tercera fiesta, y después de unos cubatas, ya me estaba comiendo con la mirada y mordiéndose el labio. ¿Qué esperaba? No me pude aguantar. No me quise aguantar. En aquel momento solo veía su cara, su escote y su sonrisa invitándome a disfrutar de los placeres más prohibidos del mundo. Tenía una cama en la terraza, como las celebrities. Aún ahora no sé de dónde salió aquella loca, de verdad. Ni su precioso ático de playa.



Entre vestidos de flores, lencería de encaje y mi ego y líbido por los aires los encuentros dejaron de ceñirse a las noches calientes y comenzaron a repetirse tan a menudo que ahora mismo me pregunto cómo aguanté el ritmo. Supongo que era ella. Esas caderas no las voy a olvidar. Hacía conmigo lo que quería. Y era tan feliz.... (yo, claro)

Tras un par de semanas de desenfreno decidí contarle todo a Laura. No aguantaba y estaba en una situación que no me apetecía soportar. Me llamó de todo y me dijo que la olvidara. Fue la conversación más corta que he tenido nunca por Skipe. Parecía como si lo esperara. La vi llorar un poco, aunque sé que lloró mucho más. ¿Y yo? Yo no sentía nada. No me imaginaba el futuro. No me esperaba la que se vendría encima. No pensaba con la cabeza, qué le voy a hacer. El primer paso es reconocerlo. 

La morena me regaló dos meses de sexo poético. Animal, sensual, casi irreal. Y delante de los demás me trataba tan normal. Sólo algunas miradas que nos volvían locos, pero nada que los demás pudieran notar. Mi primer baño desnudo en la playa fue con ella. Porque aquella noche que todos iban borrachos en el FIB yo no me bañé. Pero no se acuerda nadie y no les quiero fastidiar la historia que su borrachera inventó y ahora siempre cuentan. 

Cuando acabó agosto, mi morena me invitó a cenar. Me llevó a un sitio carísimo y me dijo algo parecido a 'gracias'.  Recuerdo que hasta me cogió de la mano en la mesa, y me miró a los ojos. Me dijo que lo había pasado muy bien. Que había venido a olvidarse de su ex, que resultó ser una chica preciosa, por la foto que me enseñó. Me quedé un poco loco, no nos engañemos. Estas cosas no le pasan a alguien como a mí. Tampoco esperaba que se muriera por mis huesos, pero así tan fría, después de tantas duchas conjuntas al atardecer...¡y era bisexual! Yo solo había hablado de eso con mis amigos salidos, poco más.

Después de esa noche, llegó la mañana y cogió su pequeña mochila de vestidos de flores y bikinis provocadores, se recogió su pelazo en un moño y se puso las gafas de sol. Ni siquiera quiso que la llevara a la estación. Cuando llegó a Toledo (si es que esa era su ciudad) me envió un mensaje y me dijo que me quitaba de las redes sociales porque quería dejar este verano guardado solamente en sus retinas, que así era más especial (pretendía que me quedara tan contento, supongo). Y así acabó mi historia. Me dijo que se alegraba mucho de que nuestros caminos se hubieran juntado, y que me fuera bien en la vida. Si me hubiera visto la cara le hubiera dado tanta pena que hubiera vuelto a la playa aunque solo fuera para explicármelo.

Yo empecé el curso más jodido aún de lo que estaba, con una gran experiencia sexual eso sí, pero echando de menos a la que había sido mi novia y a la que había querido que hubiera sido mi novia. Entonces comprendí que a lo mejor me lo merecía por no ser consecuente. Pero una parte de mí salió en mi defensa y dijo lo que las otras partes también pensaban. Lo volverían a hacer y volverían a revivir aquel primer encuentro con la chica-encantadoramente-mentirosa que tenía el mejor culo de toda la playa del Voramar. Y después se arrepentirían mucho. Después.

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