Las dos últimas horas de trabajo se me pasaron eternas. E-ter-nas. Finalmente acabó mi jornada (de mierda), fiché y subí las escaleras a los vestuarios. En mi cabeza ya sonaba la música. Me había maquillado para no tener más que retocarme antes de salir. Me puse un vestido corto, unos buenos zapatos y un collar caro. Me hice una coleta alta y borré las ojeras. A la vez, se estaban yendo todas las historias del día. Lo iba a borrar todo esa noche.
Cogí las llaves del coche, salí de la tienda sin saludas, como un rayo. Me metí en el coche, puse mi disco preferido (el movido, no el chungo) y le di al volumen hasta un nivel vergonzoso. Bajé las ventanillas. Saqué el codo izquierdo y empecé a conducir en la noche. Iba bastante rápido, pero no estaba demasiado preocupada por las posibles consecuencias. Hay veces que no pensamos en las consecuencias. Sobre todo, si hay posibilidades de que una de ellas sea que no pase absolutamente nada.
Llegué a la fiesta y todo el mundo estaba a lo suyo. Había gente en la piscina y otros muchos bailando al son de la música y las banderas. No tenía batería en el móvil. Estaba casi planeado. Es una manera moderna de dejar que las cosas sucedan sin buscarlas.
Me acerqué a la puerta con el bolso debajo del brazo y Jaime ya me estaba mirando y saludando. Vino a mi encuentro y con la música tan alta apenas escuché nada. Me dio un beso dulce y suave como su camisa en la mejilla y me llevó hasta donde estaban los demás. Tiré el bolso por ahí y me cogí un tercio de la nevera. Cuando llegamos al corrillo los demás ya tenían los ojos vidriosos y sonreían. Estaban bailando. Todos me miraron al llegar, nos chocamos las manos y siguieron a lo nuestro. Carla me llamó con la mirada, fui a su lado y chocamos las cervezas. Sonreímos. La noche sólo estaba empezando y yo ya no me acordaba de nada. No sabía ni quién era.
Cambiaron la música y sonó mi canción. Cerré los ojos y me puse a bailar. No necesitaba nada más. Ni las diminutas pastillitas que Lola iba repartiendo a todo el mundo. Lo que sí acepté fueron unos chupitos muy fríos y muy rápidos. Como los polvos que siempre tienen Carlos y Sandra cuando creen que ninguno de nosotros se entera.
Estaba en una especie de nube con la música y el alcohol, cuando apareció mi hombre. Me cogió por la cintura y me sonrió. Le di un beso y nos quedamos mirando sin hablar. Era una tarea imposible además. Sólo me sonrió. Me sacó de la mano y me puso un Margarita cargadito. Nos sentamos en la hamaca de la terraza. Apoyé mi cabeza en su hombro y cerré los ojos. No sé qué hacía él. Liarse uno supongo. Y así pasé no sé cuantos minutos hasta que nos llamaron y volvimos a entrar. La cosa se estaba desmadrando.
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