He vuelto a odiarnos. He llegado a casa tranquilamente, después de una ligera jornada de trabajo en la que la brisa ha empañado mi cara de salitre y aceites, y me he dado el baño más largo del mundo.
Y cuando, una vez más me revolvía en el pasado para llevar mi presente con relativa soltura, nos he encontrado intentando flotar en un mar que no cubría. Y entonces lo he entendido. Nunca es tan fácil como parece asumir que las cosas no tengan importancia. En el fondo, siempre importan algo. Siempre le importan a alguien. Y todo lo que hacemos suele tener un por qué. Que probablemente nunca sabremos, también es verdad. Pero siempre lo hay.
He salido del baño con la toalla y las gafas y me he tumbado a leer y a fumar una poca marihuana que se dejó Celia el otro día en casa. Leía pero no me concentraba. Últimamente me pasa.
Al final lo he dejado todo y he salido a la terraza sin más. A mirar el cielo, que lo tengo abandonado. Ya no lo miro como antes, no lo adulo o lo busco. He perdido mi interés. Y cuando yo pierdo el interés por él, es que la vida mundana ocupa demasiadas horas de la parte de mi vida que no dedico al goce.
Resulta que la respuesta estaba delante de mis ojos. Las estrellas lo sabían. Y no le refiero a una teoría de esas de leer las cosas en el firmamento. Me refiero a que nosotros nunca habíamos hablado del cielo. De la luna, las estrellas o Marte. Y no merece mi respeto una pareja (de amigos) que nunca habían hablado del cielo. Por eso seguramente nos odiaba.
Ahora te miro y sigo sin ver la Luna en tus ojos. Y aunque a veces casi me llevaras hasta ella, no me sirve el placer que dura un orgasmo. Es demasiado poco tiempo. Eres demasiado poco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario