¿Has jugado alguna vez al juego ese de la piscina en el que sonríes a los nadadores de los otros carriles cuando ambos estáis bajo el agua pero fuera ni les miras? Yo sí. Es desconcertadamente intenso.
Ha venido Irene a casa. Siempre que lo hace me siento como si me cogiera por los brazos y me lanzara muy alto. Y después se quedara mirando como caigo. Ahí, a su lado. Yo tendida a sus pies medio tuerta y ella impenetrable.
Me ha preguntado cuanto tiempo voy a estar así. Con la mirada perdida. Yo sé que mi mirada no está perdida. Lo sé porque la noto buscando. Sabe lo que quiere.
Pero sé a lo que se refería. No le he dado el gusto de darle mi opinión. He seguido mirando la taza de té. Meneando la cuchara y dando pequeños sorbos. Escuchándola pero sin mirarla. Sé que eso le pone de los nervios.
Ha sido considerada y no me ha explicado lo bien que le va a ella. Aunque ya lo sabía. Se le nota porque intenta arreglar la vida de los demás cuando la suya va bien. Y porque sonríe y su condescendencia llega a límites insospechados.
Supongo que la academia le estará yendo bien. Y Carlos también va escribiendo para el periódico. Lo leo casi todos los días. Y pienso mucho en él.
Me ha animado a empezar un curso de algo. Y a leer. Está claro que no sabe a qué dedico mis horas. Hasta me ha invitado el sábado a salir con ella y Carlos y un amigo de ellos. Se ve que quiere para mí un hombre que me saque de este insimismamiento.
No sabía qué excusa poner y al final le he tenido que prometer que iría. Se ha ido pensando qué me pediría a cambio de salvarme la vida.
No le he podido contar lo de las pesadillas. Tampoco lo que me pasa con su novio. No sabía como decirle que estoy cansada. De respirar. Y también de ver. Supongo que esto es algo pasajero. Pero todos los pasajeros tienen un destino. Aún no sé cual es el mío.
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