APARTADOS

martes, 9 de diciembre de 2014

Camino lejos, donde la sombra no pueda llegar

Magia.

Érase una vez un Carlos hecho de muchos Carlos. No sé de dónde procedía, pero sí a donde venía. La edad tampoco es importante en esta historia. Carlos existía. Y hacía que su existencia en este mundo valiera la alegría, casi nada la pena. Un especialista de hoy podría apostar que Carlos tenía trastorno de personalidad múltiple. Y algún que otro conflicto con su pasado. Qué más da. Él se sentía pleno. ¿Acaso el especialista de la mente se podría sentir igual? Lo dudo

Carlos venía nunca se sabía de donde. Su documento de identidad se renovaba cada poco tiempo ya que las páginas no daban para tantos sellos estampados. Sellos de lugares, de fronteras. De idiomas, de culturas. Sellos con nombres de países que muchos no pondríamos en los mapas. 

Lo único que Carlos tenía siempre era una gran, gran maestría para salirse de cualquier enredo, situación, conflicto o desencuentro. Él siempre encontraba la manera de salir airoso de cualquier parte. Era fascinante. Llevaba apenas una maleta con documentos y libros. Poca ropa, y poco de todo. No necesitaba nada. Si algo le hacía falta se lo compraba y luego lo volvía a vender. No se quedaba nada nunca. 

Caminaba por países siguiendo un criterio que nunca sabré. Quién sabe si él mismo lo sabe aún hoy. En cada lugar en el que aterriza empieza de cero. Busca un techo donde dormir, sonríe, y empieza una historia. En algunos sitios trabaja de una cosa y en otros de otra. Ha sido profesor, barrendero, camarero, operador telefónico, fontanero, bibliotecario, vendedor en una tienda de mascotas, secretario de un pez gordo del Mar Caspio, recepcionista de albergue, cuidador de perros, niños y ancianos. También ha estado en alguna universidad dando ponencias. Sabe de todo y de nada. Pero lo que le hace conseguir todo lo que obtiene no son sus conocimientos. Es su rostro, su presencia. Un aura que tiene muy blanca. Como si cada vez que hablara te regalara un pedazo más del paraíso.

Cuando le conocí había llegado a la ciudad hacía apenas unas horas. Venía en tren desde alguna ciudad del país con aeropuerto. Llegó a mi casa porque me había ofrecido en una web de estas que sirve para publicar que ofreces tu casa a los turistas durante unos días. En aquel tiempo yo tenía mucho tiempo libre y demasiado espacio en la casa. Me pareció curiosa aquella manera de llenar mis vacíos. Cuando le abrí la puerta y le miré a la cara pensé muchas cosas de él. Seguramente me equivocaba en todas ellas. 

Tenía unos rasgos extraños, diferentes. Era de piel tostada, pero el cabello un poco claro. Sin duda muy exótico. Valga este adjetivo hasta en la ciudad de Nueva York. De todas formas intento recordarle lo menos posible.

Me contó una corta y falsa historia sobre su llegada a la ciudad. Me explicó que venía a estudiar algo para incluirlo en su tesis doctoral. Su castellano era simple pero efectivo. Buena pronunciación y frases cortas. Vocabulario no muy extenso. Aunque entendía todo, por el contexto supongo. 

Se iba por las mañanas y venía por las noches. Iba a estar dos días pero acabó estando dos meses. La segunda semana yo ya soñaba con él. La tercera, durante la cena, nos besamos. Pero le vi a él muchísimo más descolocado de lo que estaba yo. A raíz de aquello me huyó unos días. Pero al final me volvió a besar. Comenzamos algo un poco extraño. No me contaba qué hacía por el día. Cuando llegaba por la tarde cenábamos, charlábamos o veíamos cine, nos acostábamos, y así hasta que él se largó. 

Un día se levantó y no se fue a ninguna parte. Me dijo que ya había acabado sus estudios y que se iría por un tiempo a otra ciudad a proseguir con todo. No me lo creí, claro. Pero no quería saber mucho más de él. Al fin y al cabo, si en dos meses no había conseguido de él nada más que cariño y compañía (llenar el vacío, al final); por qué me iba a contar la verdad sobre quien era. Intenté hacerme la no sorprendida cuando me dijo aquella mañana que por la tarde se marchaba. Me dolía, pero a la vez me había tomado aquello como un juego pasajero en el que una persona te devuelve a la vida y después se va y es mejor no saber nada de ella nunca más. Algo parecido a un tratamiento para enfermas como yo. 

No tenía teléfono, ni dirección. No tenía e-mail, ni Facebook, ni ninguna otra forma de encontrarle que no fuera la de que él se quisiera cruzar en tu camino. Me parecía raro, pero una vez más, no quería hacerme ni hacerle más preguntas.

Dos meses con aquel moreno dándome las buenas noches y los buenos días. Susurrando sobre aspectos banales de nuestros miedos o formas de amar. Follábamos más bien poco. No buscaba en mí sexo. Y sorprendentemente, yo tampoco lo buscaba. El sexo era algo así como una forma extra de cariño que sobrevolaba en aquel equilibro de convivencia y conveniencia que encontramos aquel enero y febrero. Tengo una foto de él. Se la hice a traición, un día. No se enteró. Está de espaldas. En las afueras de mi edificio, esperando para entrar ya que nunca me pidió ni le di las llaves. 

Todo en él era diferente. Y todo en él era lo que yo necesitaba en aquel entonces. No es casualidad. Es mucho más simple que eso.

Fui al aeropuerto y le dejé en la puerta giratoria. Él nos dejó a mi ciudad y a mi una parte de él. Me fui a casa y empecé a vivir como si hubiera vuelto a nacer. 

Lo que yo nunca sabré es que él hizo lo mismo, en una extraña isla del Pacífico. Eso sí, con otro nombre y probablemente otra personalidad, otras extrañas características. Había encontrado una oferta de trabajo de alguna manera. Comenzó a vivir en un hotel limpiando  y hospedándose en una habitación sin ventanas. Más tarde, cuando empezó en aquel otro trabajo, se trasladó a un pequeño ático. 


Desde el tragaluz de su habitación, veía el mismo cielo que yo, aunque a diferentes horas. Eso es lo que dirían en una película de amor. 

Pero lo único que tenemos en común él y yo ahora mismo, es el cielo. Las estrellas, y una serpenteante carretera que conduce a muchos caminos. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario